ESPECIAL

De la grada a los despachos

El fútbol permite al aficionado formar parte de una entidad, aunque con ese club lo único que compartas sea un sentimiento. En una época donde los lazos de unión entre equipo y afición cada vez son más efímeros, cuesta creer en que ese simple vínculo pueda traspasar la barrera que separa a la institución del seguidor. Y mucho menos, que esa relación se constituya como base de un proyecto conjunto. Pero en ocasiones, el fútbol obedece a aquella premisa sentimental que tanto se maltrata actualmente. Sobre todo, cuando para afrontar la situación no solo es necesaria la valentía, ni tan siquiera ese interés que captó la atención de nuestro protagonista, Pablo Roberto Herrero: “Me veía en un proyecto donde no había un interés personal, sino que existía un interés general por salvaguardar a la Cultural y Deportiva Leonesa”.

Aquel socio número 214 que desde pequeño se había identificado con el equipo de su tierra nunca podría imaginar la oportunidad que le brindaría el fútbol en mayo del año 2013. Su club, la Cultural y Deportiva Leonesa vivía una situación muy delicada, la deuda era copiosa, la administración que se había mantenido previamente a su llegada era irreal y generaba un déficit difícil de paliar. En esos momentos era complicado creer en un proyecto tan arriesgado y encontrar personas dispuestas a olvidar, por completo, su ambición personal. A excepción de aquellos que, como Pablo, solo querían trabajar para evitar la desaparición del equipo que les había acompañado toda su vida: “Cuando nadie creía en que esta Cultural pudiera seguir adelante, tuvimos que salir los de León, los de toda la vida, a intentar recuperar las cosas que se podían hacer. Desde el sentimiento, sin ningún tipo de interés, solo con trabajo y con amor hacia nuestro club”.

No fueron más de 800 personas las que se aferraron a la que parecía la última oportunidad de la Cultural. El club estaba inmerso en un proceso concursal y además contaba con una deuda de alrededor de cuatro millones de euros. Asimismo, debía afrontar en el corto plazo un pago de 800.000€ con la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) para poder inscribir al equipo en competición. Ante la complejidad de la situación, la nueva Junta Gestora decidió aplicar criterios de gestión empresarial. Desde cuadrar presupuestos hasta no exigir más a unas Administraciones Públicas que ya se esforzaban demasiado con el mantenimiento y préstamo del estadio: “Teníamos un planteamiento súper realista con toda la gente que entraba a jugar en el club. Podíamos tener los jugadores que podíamos tener, pero no íbamos a engañar a la gente, el objetivo era salvarse y poder pagar e ir quitando deuda, no estábamos en otra posición”.

“Nos aventuramos por encima de nuestras posibilidades, perdiendo mucho tiempo, mucho sueño, quitándole tiempo a nuestras familias, arriesgando nuestro dinero y, sobre todo, sin ningún interés, que era lo más bonito”

Pero no solo por un vínculo sentimental bien arraigado se encontraba allí Pablo Roberto. Poseía conocimiento y experiencia suficiente como para asesorar y dirigir la rama administrativa de la Cultural Leonesa: “Fue un salto natural en el sentido de aportar en lo que a mí se me daba bien, la gestión empresarial y el reilusionar un poco a la gente con esta nueva Cultural”. El éxito de este proyecto liderado por “seis intrépidos cazurros” se basó justo en eso; en la naturalidad con la que se asumió el cargo y la responsabilidad y el trabajo desinteresado: “Nos aventuramos por encima de nuestras posibilidades, perdiendo mucho tiempo, mucho sueño, quitándole tiempo a nuestras familias, arriesgando nuestro dinero y, sobre todo, sin ningún interés, que era lo más bonito”.

Uno de los logros más importantes de esta Junta Gestora fue reducir de forma sustancial la deuda de cuatro millones de euros. Algo que asentó la base de la futura venta del club y la instalación de este en categorías profesionales del fútbol español: “Nosotros fuimos reduciendo esa deuda, probablemente, de una manera más ingeniosa que real. Analizando cada partida y estudiando las fórmulas que aplicamos en las empresas, ese ingenio, esa idea de supervivencia”. Tres años después se toparon con una de las mayores academias de fútbol en el mundo, la Academia Aspire, quién asumió el restante de la deuda (1,7 millones de €) como compra de la entidad: “Tuvimos la suerte, dentro de las muchas personas que se acercaron a nosotros para comprar en aquel momento el club, de poder encontrar al que creíamos que era el socio más idóneo para la Cultural. Alguien que fuese de fútbol, alguien que apostase por la Cultural. Y tuvimos la suerte de dar con la Academia Aspire”.

“Ahora toca disfrutar, han sido años muy complicados, pero si alguien considera que puedo aportar en la Cultural en lo que sea, ahí estaré”

Aquella venta acabó con el periplo de Pablo Roberto en los despachos y le volvió a reunir con su auténtico sitio, la grada. Pero desde allí no solo se limitó a apoyar a la Cultural, como en su día hizo en los playoffs de ascenso de Tercera División a Segunda B comprando 100 entradas desde su empresa para regalarlas a socios y empleados: “Queríamos que las empresas apoyasen. Y se nos ocurrió esa iniciativa. Acabaron viajando a Oviedo unas 3.000 personas y teníamos alrededor de 800 socios”.

Ya en su asiento, el cuál ocupa desde que tenía catorce años, se muestra feliz y tranquilo por el estado actual del equipo y por la constatación de que él fue uno de los que puso la primera piedra de “un club que estuvo a minutos de desaparecer y que ahora compite en Segunda División sin deuda y con una importante masa social”. Aunque no añora la posición que llegó a ocupar, sabe que nunca podrá rechazar una llamada de su equipo, la Cultural Leonesa: “Ahora toca disfrutar, han sido años muy complicados, pero si alguien considera que puedo aportar en la Cultural en lo que sea, ahí estaré”.

La historia de Pablo Roberto Herrero, como el mismo dice, es “el sueño dibujado” para cualquier seguidor de la Cultural y Deportiva Leonesa. Su salto de la grada a los despachos no hizo más que salvar a un equipo que estaba a minutos de ser olvidado.

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